El concepto de familia disfuncional es ya de uso común y, al menos de forma aproximada, mucha gente lo entiende.
Su origen se encuentra en el área de la psicología y en un principio
sirvió para designar a aquellas células de la sociedad con situaciones
conflictivas que iban en detrimento del buen desarrollo de las
habilidades de sus integrantes, en concreto de adolescentes y niños. A
partir de esta idea se han explicado muchos fenómenos, entre ellos
alcoholismo, drogadicción, violencia, agresividad o delincuencia, de
modo que un juicio apresurado podría señalarle como el origen y único
depositario de los males comunitarios.
Empero, los conocimientos que se han generado en cuanto a las
relaciones humanas nos obligan a redefinir este término para apreciar
todos sus matices pues, como indica Cecilia Quero Vásquez, terapeuta
adscrita a la Asociación Mexicana de Alternativas en Psicología
(Amapsi), “debemos explicar que la palabra disfuncional nos dice que la
familia ‘no funciona’, es decir, no cumple las labores que le atribuye
la sociedad, pero esto no es tan literal. Yo diría que estos grupos,
aunque mal, están funcionando, y que sus individuos, aun con errores, se
desenvuelven. Por otra parte, los pacientes suelen decirnos que ‘tienen
problemas y discuten, como todo el mundo’, y con esto nos recuerdan que
ellos no son los únicos con dificultades”.
La especialista afirma que es importante comprender que en el hogar
encontramos un grupo primario, es decir, aquel en el que el individuo
adquiere un nombre, aprende a amar y ser amado, comprende significados,
descubre quién es con base en sus características físicas y
psicológicas, asume roles de conducta, crea hábitos, se comunica y
establece patrones para sus relaciones afectivas, pero también que la
familia es un sistema que sirve como intermediario entre la sociedad y
el individuo (mesosistema).
En este sentido, indica que “debemos poner atención en el momento en
que las cualidades de este grupo afectan el crecimiento de sus
integrantes, pues aunque los más vulnerables tienden a ser los hijos,
porque están en formación, cuando vamos al fondo es común descubrir que
una familia disfuncional afecta a todos y también puede ser una fuente
de frustración para los padres”.
Por ejemplo, si el varón se restringe a su rol de proveedor de la
casa, que socialmente sigue siendo una de sus principales
participaciones, hará todo lo posible por obtener lo que hace falta para
cubrir las necesidades de su grupo y esto implica que la presión que
sienta por su situación económica le afectará. Asimismo, cuando la madre
se desempeña en una dinámica absorbente como ama de casa y/o
profesional, dedicando todo su esfuerzo a sus seres queridos y sin
obtener los resultados que espera, se va a llenar de frustración.
“Los adultos necesitan llevar a cabo su proyecto de vida, tener
niveles de aspiración, porque de no ser así la familia puede convertirse
en una fuente de obstáculos. En esto debemos poner mucha atención,
cuando las necesidades ya no se están cubriendo al 100%, porque todos
son perjudicados, no sólo los niños”, acota Quero Vázquez.
Realización y satisfacción afectiva
La mejor comprensión de la psicología humana, así como de las
relaciones interpersonales y las que se crean al interior del hogar, nos
ha llevado a entender que la salud psicológica se basa en dos ejes
fundamentales. Comprender ambos aspectos es, en buena medida, la clave
para saber qué sucede en realidad con una familia disfuncional.
El primero de estos aspectos es la realización, y consiste “en que
alguien haga lo que quiere y no realice lo que no se desea, de modo que
vaya adquiriendo una sensación gradual de empoderamiento, de placer. Esto se
ha deteriorado a nivel social, pues cada vez se vuelve más general la
percepción de que uno mismo no es quien determina lo que pasa, y la
responsabilidad se deposita en otras personas. A tal grado llega esto
que dejamos que todo sea un asunto de buena suerte y que un amuleto o
pócima nos ayude a tener salud, éxito, amor o dinero”.
En la media en que se pierde la sensación de empoderamiento se incrementan
la frustración, irritabilidad, desesperación y conflicto. “Si observamos
con atención, vamos a descubrir que las familias disfuncionales son
aquellas que no están permitiendo la realización de sus individuos y no
les dan las condiciones para que alcancen esa impresión de que pueden
tener aspiraciones y cumplir sus objetivos”.
El otro eje de la salud psicológica es la satisfacción afectiva,
mismo que va de la mano con las relaciones que se establecen en
sociedad. “En la medida en que una persona se sienta a gusto con sus
vínculos puede alimentar una autoestima positiva y tener seguridad, sin
olvidar que a través de esto se afianzan elementos de comunicación,
formas de expresión o creación, así como la capacidad de compartir”.
Cuando las relaciones se complican es evidente que se pierde el grado
de satisfacción por la vida, y esto hace que lo que no se obtiene de
forma cotidiana en la cantidad necesaria, se trate de conseguir
compulsivamente. “Ahí está el caso de la adicción a drogas o alcohol,
las compras compulsivas, comer en exceso o adoptar una ciberpatología,
como le pasa al niño que se queda pegado a los videojuegos o el joven
que no deja el celular o la computadora, ya que a través de internet y
de las salas de chat encuentra a la gente que por su
inhabilidad no podría conocer”.
La psicóloga enfatiza en que “se considera que una familia disfuncional,
a largo plazo, generará personas disfuncionales; empero, el individuo
va a trabajar, acude a la escuela y se relaciona como puede. La manera
en que se vincula es donde debemos poner atención, en esas conductas que
se generan y que pudieran ser paliativos o válvulas de escape por falta
de realización y de satisfacción afectiva, y que les ayudan a
recuperar, aunque con deficiencias, el equilibrio psicológico”.
Complejo abordaje
Problemas de conducta y aprovechamiento en un niño o adolescente
suelen ser el primer indicador visible de dificultades al interior de la
familia, de modo que cuando un chico llega con el psicólogo para
recibir terapia, lo ideal sería incluir a otros miembros del grupo. Sin
embargo, ésta es una labor complicada que requiere de mucha habilidad.
Al respecto, la psicóloga indica que “uno de los elementos más
sintomáticos que encontramos es la forma en que traen a los niños a
consulta. Digamos que la mitad de los padres ‘se curan en salud’, nos
dicen que traen a su hijo por tal o cual problema, y asumen que tienen
muchas dificultades, que discuten mucho, y saben que eso afecta al
menor. Sin embargo, su actitud es como decir ‘se lo dejo’ o ‘cúrelo’ y
‘yo me voy’, pues no es tan fácil que deseen entrar a terapia, llevan
todo un proceso de vida y no es sencillo que se asuman como pacientes”.
La otra mitad de los progenitores no logran descifrar qué es lo que
pasa, y casi siempre terminan por culpar a la escuela (no es raro que
entre el 70 u 80% de las consultas inicien porque los chicos son
canalizados a través de sus colegios). Por si fuera poco, cuando estos
jefes de familia acuden con un especialista es debido a que están ante
un caso extremo.
Cecilia Quero cita un ejemplo: “Una madre me trajo a su hija de 10 u
11 años, porque controlaba esfínteres durante el día, pero de noche
mojaba la cama. Le pregunté por qué la traía hasta ahora, y me dijo que
antes tenían mucho dinero y que podía comprarle un colchón nuevo cada
tres meses, pero que ahora tenía carencias económicas y ya no podía
solventar el gasto; entonces su interés no era por la niña, sino por el
dinero. Me parece que en estos casos la disfuncionalidad, en lo que toca
a los adultos, les impide identificar el problema y hace que no sean
sensibles al grado de afectación del menor, de modo que piden ayuda en
casos extremos y no siempre reconocen su situación familiar”.
Ahora bien, cuando se evalúa a un niño con problemas se empiezan a
transparentar las formas de control en su familia, cómo se establecen
los límites, el tipo de comunicación y grado de satisfacción afectiva.
Queda claro que se tratan de cambiar algunas cosas, pero el trato debe
ser muy cuidadoso, pues un mal trabajo genera enojo, resistencia e
indignación por parte de los padres, y éstos no vuelven a llevar al
niño.
De tal suerte, el abordaje se lleva en dos niveles, uno con el chico y
otro sugiriendo a los adultos cómo manejar algunas circunstancias,
sensibilizándolos antes de que se genere un daño mayor, “pero esto debe
suceder poco a poco, ya que no suelen aceptar que también necesitan
ayuda. Hemos recibido padres que nos dicen que se están divorciando y
pelean mucho, pero que no vienen a hablar de eso, sólo del niño. No
cooperan, a pesar de que el menor está en un ambiente donde hay tensión,
discusiones y experiencias que le afectan”.
Por su parte, hay parejas que acuden a terapia para mejorar sus
problemas, y que lo hacen “sólo por sus hijos”. En realidad, tal
planteamiento “deposita la responsabilidad de la relación en los chicos,
cuando los padres deberían asumir con valor que son responsables de lo
que están realizando y que lo hacen por ellos mismos. Además, se debe
cambiar este enfoque porque sólo quien se siente bien consigo mismo va a
tener algo qué dar. En algunos de estos casos el divorcio puede ser lo
más conveniente, pues si al separarse van a sentirse bien, con más fuerza y satisfacción, eso es lo mejor”.
Como apéndice de lo anterior, Quero Vázquez subraya que “en esta
tónica de poner la responsabilidad en otros, niños y adolescentes corren
el riesgo de ser los depositarios de todo aquello que ya no quieren los
padres. Entonces aparecen los chicos con problemas de aprendizaje,
drogadicción o alcoholismo, y ese hijo se convierte en un maravilloso
distractor para no tener contacto con lo que en realidad pasa con la
familia”.
Diversidad y economía
En opinión de la terapeuta, la sociedad ha cambiado radicalmente en
los últimos 20 años y, por tanto, sus integrantes se han sometido a una
serie de transformaciones. “Es tal la diferencia que ya no podemos
hablar de ‘la’, sino de ‘las’ familias, pues ahora tenemos un
mosaico de situaciones o formas de organización”.
Hasta hace un par de décadas era posible hablar de un solo tipo de
grupo formado por mamá, papá y dos niños, así como años atrás nuestros
abuelos tuvieron 7, 9 o 12 hijos. Ahora podemos encontrar:
- Parejas homosexuales, que ya existían, pero que en nuestros días tienen un poco más de libertad e incluso pueden contar con hijos (adoptados o de uno de ellos).
- Familias construidas o ensambladas, es decir, en las que dos padres divorciados se unen, junto con sus respectivos hijos.
- Familias monoparentales, donde sólo hay padre o madre solteros.
- Mujeres u hombres divorciados que durante un tiempo vivieron como una familia tradicional, pero su pareja se fue y ahora están solos con sus hijos
- Parejas de “doble ingreso y sin niños” o dinks (siglas en inglés de double income, not kids), donde mujer y hombre acuerdan no tener hijos para invertir sus ingresos en darse una buena vida.
Lo interesante es que “no debemos perder de vista que la
configuración de un grupo no es lo que explica su disfuncionalidad, pues
podemos encontrar individuos en cualquiera de estas categorías con
mucha salud psicológica, al igual que personas en grupos de conformación
tradicional con bastantes dificultades. Más bien, cabe recordar que una
familia cumple satisfactoriamente su objetivo cuando los individuos
adoptan habilidades de aceptación a las circunstancias que ahora
enfrentamos, así como recursos para hacer frente a las dificultades
cotidianas”.
Asimismo, Cecilia Quero acota que tener una buena situación económica
tampoco implica estabilidad y salud psicológica, pues “he trabajado con
familias que tienen una solvencia maravillosa, pero sus miembros no se
sienten bien y entrarían en el concepto de disfuncionales. En
contraparte, hay otras con pocos recursos que vienen a consulta y pagan
lo que pueden, pero se esfuerzan en mejorar y después del proceso
terapéutico logran hacerse de habilidades; inician un negocio, su
situación económica mejora y sobre todo se convierten en una unidad
funcional. Definitivamente, no podemos atribuir el fracaso al dinero o a
la forma del grupo”.
Por ello, concluye, el éxito de una familia ocurre en la medida en
que su dinámica cotidiana propicie que sus integrantes se sientan con
posibilidad de realización y tengan capacidad para relacionarse con los
demás, expresarse, y mostrar afecto y empatía. “Los grupos en donde se
den las herramientas para manejar emociones, resolver problemas,
comunicarse adecuadamente, cambiar lo que no funciona y enfrentar la
vida, serán los que cuenten con personas con una posición más sana e
independiente ante la vida. No por nada, responsabilidad significa
responder con habilidades”.
SyM - Rafael Mejía
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