Si los componentes fundamentales de los trastornos adictivos son
la falta de control y la dependencia, es decir, la pérdida de
libertad, las adicciones no pueden limitarse exclusivamente a las
conductas generadas por sustancias químicas como los
opiáceos, los ansiolíticos, la nicotina o el alcohol,
De hecho, existen hábitos de Conducta aparentemente
inofensivos que pueden convertirse en adictivos e interferir
gravemente en la vida cotidiana de las personas afectadas.
No se trata de conferir atributos psicopatológicos a
conductas habituales en muchas personas, como comer, trabajar,
practicar deporte, apostar, tener relaciones sexuales, comprar, etc.,
y mucho menos de psicopatologizar la vida cotidiana. Se quiere
simplemente señalar que de conductas normales -incluso
saludables-, se pueden hacer usos anormales en función de la
intensidad, de la frecuencia o de la cantidad de dinero invertido y,
en último término, en función del grado de
interferencia en las relaciones familiares, sociales y laborales de
las personas implicadas.
Cualquier Conducta normal placentera es susceptible de convertirse
en una Conducta adictiva. Lo que define a esta última es que
el paciente pierda el control cuando desarrolle una actividad
determinada y que continúe con ella a pesar de las
consecuencias adversas, que tengo una dependencia cada vez mayor de
esa Conducta, que esté precipitado por un sentimiento que
puede ir desde un deseo moderado hasta una obsesión intensa,
que sufra síndrome de abstinencia si no puede practicarla y
que, por último, ofuscado por el objeto de su adicción,
pierda interés por otro tipo de conductas que previamente le
resultaban satisfactorias (Jacobs, 1989). Desde esta perspectiva, lo
que diferencia al hábito de la adicción es que esta
última tiene efectos contraproducentes para el sujeto.
Hay una tendencia reciente a aplicar de una forma muy extensivo la
etiqueta de adicción a ciertos fenómenos
psicopatológicos. Así, se ha hablado de la
adicción a la abstinencia en el caso de la anorexia, -referido
a la negativa sistemática de algunos pacientes a comer, a
beber, a tener relaciones sexuales, o incluso a, dormir- y de la
adicción a la violencia (Garrido, 1994; Gresswell, 1991;
Hodge, 1992) -referido a las conductas violentas reiteradas cuando
éstas no son motivadas por la venganza o por el dinero, sino
por la búsqueda de excitación-. El uso de este
concepto, desde nuestro punto de vista, es meramente
metafórico y no encaja con el concepto de adicción que
se ha perfilado en los párrafos anteriores.
Las adicciones psicológicas (adicciones sin droga) no
figuran incluidas como tales en el DSM-IV (American Psychiatric
Association, 1994). En esta clasificación nosológica el
término adicción se reserva para los trastornos por
abuso de sustancias psicoactivas. La categoría más
próxima conceptualmente es la referida a los trastornos del
control de los impulsos, pero esta categoría, si bien tiene en
común con las adicciones psicológicas los
déficits en el autocontrol, resulta insatisfactoria porque
abarca problemas de Conducta desencadenados por estímulos
cualitativamente distintos y que no son especialmente placenteros,
como el trastorno explosivo intermitente (312.34) o la
tricotilomanía (312.39).
El objetivo de éste trabajo es conceptualizar las
adicciones psicológicas y señalar los aspectos comunes
a ellas desde una perspectiva psicopatológica e incluso desde
una perspectiva terapéutica, así como deslindar las
similitudes y los diferencias con las adicciones químicas. No
se trata, por ello, de minusvalorar, -simplemente no es el objetivo
de éste trabajo-, lo que es específico de cada
adicción psicológica y mucho menos de considerar
homogéneos trastornos de Conducta que no lo son.
¿SON LAS ADICCIONES PSICOLÓGICAS UNA MERA METAFORA?
La drogodependencia habitualmente se refiere a las sustancias
químicas, pero se cuenta habitualmente con suficiente
evidencia empírica como para hablar de adicciones
psicológicas. No es exagerado señalar que ciertas
conductas, como el juego patológico, la hipersexualidad
(normal y parafílica), la adicción a la comida
(bulimia), el ejercicio físico compulsivo, la dependencia a
las compras, el trabajo excesivo, etc., pueden considerarse
psicopatológicamente como adicciones (tabla l).
Se puede calificar a una Conducta, cualquiera que ésta sea,
de adictiva si está controlada inicialmente por reforzadores
positivos -el aspecto placentero de la Conducta en sí-, si
termina por ser controlada por reforzadores negativos -el alivio de
la tensión emocional especialmente-, si implica una
pérdida de control para el sujeto y si, en último
término, le lleva a una degradación psicosocial
(Goodman, 1990). La dependencia, entendida como la necesidad
subjetiva de realizar la Conducta para restaurar un equilibrio
homeostático, y la supeditación del estilo de vida al
mantenimiento del hábito conforman el núcleo central de
la adicción (García, Díaz y Arando, 1993). Lo
que caracteriza, por tanto, a una adicción psicológica
no es el tipo de Conducta implicada, sino el tipo de relación
que el sujeto establece con ella.
En realidad, cualquier Conducta placentera es susceptible de
convertirse en adictiva. Los mecanismos que permiten el placer
inducen a los seres vivos a actuar para que dicha Conducta se vuelva
a repetir. El circuito del placer recorre un conjunto de estructuras
en torno al sistema límbico, y en ellas actúan diversas
sustancias químicas -las endorfinas especialmente- que se
liberan de modo natural al sentir placer. Son las mismas que inducen
al organismo a repetir lo que le ha gustado (Sunderwirth y Milkman,
1991).
El ser humano necesita alcanzar un nivel de satisfacción
global en la vida. Normalmente, éste se obtiene repartido en
diversos actividades: el trabajo, el sexo, la comida, las aficiones,
el deporte, etc. Si una persona es incapaz o se siente frustrada en
algunas o muchos de estas facetas, puede centrar entonces su
atención en una sola. El riesgo de adicción en estas
circunstancias es alto.
La clasificación actualmente vigente del DSM-IV (APA, 1994)
resulta insatisfactoria. En primer lugar, porque limita las
adicciones a aquellas que están generadas por el abuso de
sustancias químicas. En segundo lugar, porque no figuran
conceptualizadas como tales las adicciones psicológicas, ni
siquiera en otros epígrafes diferentes. Y en tercer lugar,
porque en el capítulo referido a los trastornos del control de
los impulsos se sigue un criterio homogeneizador poco preciso, a modo
de cajón de sastre, en donde figuran trastornos tan
variopintos como el juego patológico, -una adicción
psicológica-, la tricotilomanía, -un mero hábito
inadecuada- o la piromanía, -un trastorno del control de los
impulsos propiamente dicho-.
No deja de ser sorprendente, por ejemplo, que el juego
patológico, no esté conceptualizado como una
adicción, pero que, sin embargo, figuren resaltados en los
criterios diagnósticos los aspectos de tolerancia y
abstinencia.
En las conductas repetitivas deben distinguirse, desde nuestro
punto de vista, los meros hábitos inadecuados de las
adicciones (conductas inicialmente apetitivas), de los impulsos
(tendencia irrefrenable a la acción) y de las compulsiones
(conductas repetitivas sin sentido contra las que se resiste el
sujeto). Nuestra propuesta de clasificación
psicopatológica de todas éstas conductas
limítrofes, -necesitada, por lo demás, de una
validación empírica- figura en la tabla 2.
En algunos casos hay ciertas características de
personalidad o rasgos de Conducta que aumentan la vulnerabilidad
psicológica a las adicciones (Figura 1 ): el egocentrismo, la
disforia (estado anormal del ánimo que se vivencia
subjetivamente como desagradable y que se caracteriza por
oscilaciones frecuentes del humor); la intolerancia a los
estímulos displacenteros, tanto físicos (dolores,
insomnio, fatiga, etc.), como psíquicos (disgustos,
preocupaciones, responsabilidades, etc.); y/a la búsqueda
exagerada de sensaciones, como ocurre en el caso de la
hipersexualidad, de la adicción a las compras o del juego
patológico (Ochoa, Labrador, Echeburúa, Becoña y
Vallejo, 1994).
La adicción a uno u otro tipo de Conducta puede depender de
la disponibilidad ambiental o de algunas variables psicosociales. En
el caso concreto de la adicción al trabajo, el patrón
de Conducta de tipo A puede llevar a un aumento excesivo de los
rendimientos laborales, con un profundo sentido del cumplimiento del
deber, con una vida carente de aficiones y con un sentido de
culpabilidad por disfrutar del ocio o con la conversión de
éste en una actividad competitivo más: practicar
deporte para ganar a toda costa, y no para disfrutar de la
compañía o de la relajación proporcionada por el
ejercicio físico. El trabajo actúa como una fuente de
motivación y como un desafío impuesto por el propio
sujeto para evaluar su capacidad. El sujeto, atenazado por una serie
de creencias irracionales "miedo a no valer bastante", "temor a no
disponer de tiempo suficiente para conseguir el bienestar material',
etc.), puede estar implicado en una batalla sin fin por el
éxito, que, una vez alcanzado, no va seguido de una
sensación duradera de recompensa o de alivio real de la
tensión (Sender, Valdés, Riesco y Martín, 1993).
Algunas adicciones, como la ludopatía o la adicción
al trabajo, están fomentadas por la sociedad actual, que prima
el éxito y el dinero rápido. Asimismo, la
adicción a las compras no es ajeno a los valores sociales, que
impulsan al consumo en una sociedad en la que más se es cuanto
más se tiene y que no ve ningún peligro en el consumo
desmesurado.
En otras circunstancias es el tipo de Conducta implicado el que
desempeña un papel importante. Así, por ejemplo, la
capacidad adictivo de las máquinas tragamonedas es muy alta. En
primer lugar, porque están muy difundidos y el importe de las apuestas es bajo. En segundo lugar, porque el plazo transcurrido
entre la apuesta y el resultado es muy breve. En tercer lugar, porque
el funcionamiento intrínseco de estas máquinas potencia
una cierta ilusión de control. Y por último, porque las
luces, la música, el tintineo mismo de las monedas, etc.,
suscitan una tensión emocional y una gran activación
psicofisiológica (Echeburúa, 1992; Echeburúa y
Báez, 1994).
ADICCIONES PSICOLOGICAS Y ADICCIONES QUIMICAS
La experimentación del síndrome de abstinencia es el
núcleo fundamental de todas las adicciones, sean éstas
químicas o psicológicas. Al margen de los aspectos
peculiares de cada adicción específica, las
características comunes de un síndrome de abstinencia
son las siguientes (Edwards, 1986; Gossop, 1987; Lesieur y Blume,
1993):
a) Impulso repetido a una Conducta que trae consigo efectos
perjudiciales para la persona que la realiza.
b) Tensión creciente (humor depresivo, irritabilidad,
deterioro de la concentración, trastornos del sueño,
etc.) hasta que la Conducta es completada (Coverly Veale, 1987,
Rosenthal y Lesieur 1992).
c) Desaparición temporal de la tensión cuando se
lleva a cabo la Conducta.
d) Vuelta gradual del impulso con fuerza creciente,
e) Estímulos internos (disforia, tensión emocional,
aburrimiento, etc.) y externos (oler a comida en el caso de un adicto
a la comida o ver una mujer a solas en el caso de un sexoadicto) que
ponen en marcha la Conducta adictiva.
f) Condicionamiento secundario a dichos estímulos internos
y externos.
g) Estrategias similares para la actuación
terapéutica y la prevención de la recaída:
1) Entrenamiento en el control de impulsos mediante la exposición prolongada a los estímulos suscitadores de tensión, que tiene por objetivo la habituación del sujeto a los mismos y la reducción del síndrome de abstinencia; y 2) Control de estímulos.
1) Entrenamiento en el control de impulsos mediante la exposición prolongada a los estímulos suscitadores de tensión, que tiene por objetivo la habituación del sujeto a los mismos y la reducción del síndrome de abstinencia; y 2) Control de estímulos.
Las adicciones psicológicas se diferencian sin embargo, en
algunos aspectos de las adicciones químicas. Desde una
perspectiva psicopatológica, las adicciones químicas
múltiples al tabaco, al alcohol, a los ansiolíticos, a
la cocaína, etc., es decir, los politoxicomanía, son
relativamente habituales. No es frecuente, por el contrario,
encontrarse con pacientes aquejados de adicciones psicológicas
múltiples, como, por ejemplo, juego patológico,
hipersexualidad y/o bulimia. Ello no obsta para que en algunos casos
la adicción al trabajo, determinado por la ambición
desmesurada de superar a los demás y de lograr una alta meta
profesional, pueda ir acompañada del consumo de cocaína
como factor energizante del rendimiento.
Respecto al síndrome de abstinencia, en ambos tipos de
adicciones hay una pérdida de control. Una posible diferencia
es que en las drogas con una dosis se controla el síndrome de
abstinencia; en las adicciones psicológicas, por el contrario,
el paciente (un jugador patológico o un adicto a las compras,
por ejemplo) puede pasar horas, incluso días, jugando o
comprando sin que ello pongo fin a su abstinencia
(García-Andrade, 1993). En cualquier caso, esta
distinción está a falta de una mayor validación
empírica.
Desde una perspectiva terapéutica, la motivación
para el tratamiento -siempre escasa y fluctuante- suele ser algo
mayor en el caso de las adicciones psicológicas que en el caso
de las adicciones químicas, lo que ofrece unas perspectivas
terapéuticas más halagüeños (Marks, 1990).
CONCLUSIONES
En este trabajo se ha optado por aplicar la etiqueta de adicciones
psicológicas (adicciones sin droga) a aquellas conductas
repetitivas que resultan placenteras, al menos en las primeros fases,
y que generan una pérdida de control en el sujeto (más
por el tipo de relación establecida por el sujeto que por la
Conducta en sí misma). No se consideran, sin embargo, como
tales algunos hábitos de Conducta inadecuados, como la
tricotilomanía, alteraciones en el control de los impulsos,
como la cleptomanía o la piromanía, u otras conductas
repetitivas sin sentido, como los rituales compulsivos, que no son
placenteros y que tienen por objetivo aliviar una situación de
malestar. Las relaciones entre adicción, compulsión y
pérdida de control son, sin embargo, actualmente objeto de
polémica (cfr. Kozlowski y Wilkinson, 1987; Satel, 1993).
Los adicciones psicológicas funcionan como conductas
sobreaprendidas que traen consigo consecuencias negativas y se
adquieren a fuerza de repetir conductas que en un principio resultan
agradables o bien como estrategias de afrontamiento inadecuadas para
hacer frente a los problemas personales (por ejemplo, comer en exceso
para hacer frente a la ansiedad o el aburrimiento). El uso adictivo
de una Conducta placentera implica el control de la misma por
reforzadores negativos (evitación de algún tipo de
malestar); el uso no adictivo, por el contrario, de la misma
está asociado al control por reforzadores positivos. Todas las
adicciones psicológicas están relacionadas con
déficits en el control de los impulsos y con problemas de
autocontrol (Marks, 1990).
Los estímulos condicionados desempeñan un papel
importante en el mantenimiento de las adicciones psicológicas.
Los estímulos condicionados externos pueden variar de una
adicción a otra: el sonido de una máquina tragaperras,
en el caso de un jugador patológico; el olor a alimentos, en
el caso de un adicto a la comida; la vista de una mujer solo, en el
caso de un sexoadicto; los anuncios publicitarios, en el caso de un
adicto a las compras, etc. Sin embargo, los estímulos
condicionados internos son muy similares en todos la adicciones. La
disforia es, sin duda, el más importante. De hecho, todo tipo
de adictos tienden a recaer cuando se encuentran mal o deprimidos
(Carnes, 1989).
Una terapia psicológica no puede ser efectivo si no toma en
consideración los múltiples estímulos
condicionados que ponen en marcha la Conducta adictivo y no
enseña al paciente estrategias terapéuticas orientadas
al control de estímulos y al control de impulsos. De hecho, la
efectividad de la terapia a largo plazo está en función
de la identificación de las situaciones de alto riesgo, de la
enseñanza de estrategias de afrontamiento efectivas en esas
circunstancias y de la búsqueda de actividades sustitutivas
satisfactorias para reemplazar a las conductas adictivas
(Echeburúa, 1993; Echeburúa, Báez y
Fernández- Montalvo, 1994).
REFERENCIAS
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